El entrañable
cuy, manjar de la cocina peruana y herramienta de sanación entre
los curanderos, “descubrió” América hace mas
de 30 millones de años.
El Cuy bien puede considerarse
como uno de los animales emblemáticos de nuestra cultura. Claro
que esto puede interpretarse de varias maneras. Para una gran mayoría
de personas, devotos seguidores del arte culinario peruano, es un manjar
de primer orden. Tan importante como su rol dentro de la gastronomía
es el lugar que ocupa dentro de la medicina tradicional, pues ¿quién
no ha oído, por lo menos, la frase pasar el cuy? Y tengamos en
cuenta la expresión perdido como cuy en tómbola, que alude
a su empleo en un juego muy popular. Hay, en cambio, espíritus
sensibles que se horrorizan tan sólo al imaginarlo usado para ceremonias
mágico-religiosas, vejado en una kermesse, o adobado dentro de
una cacerola, pues ven a este simpático roedor como una mascota
dócil y afectuosa. Que, a decir verdad, lo es, además de
ser notablemente inteligente.
Pero, aparte de esas consideraciones, hay detrás de este animalito
una historia que, si él estuviera en condicio¬nes de contar,
asombraría por su com¬plejidad. Junto con ronsocos, añujes,
pacaranas, vizcachas, puercoespines y otros animales similares, integra
un grupo muy especial de roedores conocido como caviomorfos (nombre que
viene de Cavia, justamente la denominación científica del
cuy), el cual se encuentra únicamente en Sudamérica y áreas
aledañas. Observándolos, es fácil percibir que los
caviomorfos no pueden ser alineados al lado de ratones y ratas, arquetipos
del roedor.
Su aspecto de evoca mas bien, ora a cerdos, ora pequeños venados,
sin hablar de extravagancias difíciles de comparar como los puercoespines.
Tales peculiaridades de los cavimorfos son un producto de la evolución
en el continente americano. Se cuentan entre los inquilinos mas antiguos
de este ya que su presencia se remonta, por lo menos a 34 millones de
años antes del presente, sin embargo, no estuvieron entre los animales
que lo poblaron apenas desaparecidos los dinosaurios y otros reptiles,
hace cerca de 65 millones de años, si no que entraron en la escena
local algún tiempo después.
Es bien sabido que la era terciaria (65 a 3 millones de años atrás)
tuvo rasgos especiales en Sudamérica. Convertido en una isla, nuestro
continente presencio la evolución de una curiosa fauna, completamente
diferente a la del resto del planeta. Mamíferos y aves, protagonistas
destacados de este fenómeno, adquirieron caracteres extraños.
Pero he aquí el detalle: los roedores caviomorfos, junto con los
monos estuvieron ausentes por completo de dicha fauna durante 30 millones
de años hasta que a comienzos del oligoceno (que abarca desde hace
34 a 23 millones de años) aparecen en forma repentina.
Es obvio que su origen no pudo haber tenido lugar en este continente.
¿De donde y como llegaron estos animales a Sudamérica? Por
casi un siglo este fue uno de los grandes quebraderos de cabeza para los
especialistas. La solución al misterio ha sido proporcionada por
la observación de ciertos hechos actuales, combinada con recientes
revelaciones acerca de la geografía del pasado.
UN ATLANTICO ESTRECHO
Hoy sabemos que, por la época en la que aconteció la aparición
de los roedores en tierras sudamericanas, África y América
del Sur se encontraban mucho mas próximas una de otra, o para decirlo
en otros términos el océano atlántico era bastante
mas estrecho de lo que es hoy, de forma que la distancia entre las costas
africanas y sudamericana era mas o menos la mitad de lo actual. No era
imposible que despojos llevados al océano por los ríos de
uno y otro continente fuesen arrastrados por las corrientes marinas, hasta
el punto de franquear la barrera acuática y llegar al otro lado.
Es más que seguro que, algunos de estos despojos, tales como troncos
de árboles aislados o aún palizadas, llevaron encima a ciertos
pasajeros involuntarios, convirtiéndose de este modo en auténticas
balsas naturales. Aún hoy, no son raros los reportes de buques
que encuentran mar adentro, en el Atlántico, árboles que
transportan, vivos y muy orondos, a pequeños reptiles y mamíferos,
procedentes de las selvas amazónicas. La tesis del origen africano
ha sido reforzada, en lo que respecta a los roedores, por datos obtenidos
de comparaciones a nivel molecular, entre grupos primitivos sudamericanos
(entre ellos los cuyes) y ciertas especies africanas, lo que confirma
la existencia de vínculos de parentesco, no compartidos con otros
grupos de mamíferos.
Tenemos, pues, que los ancestros del cuy protagonizaron una auténtica
epopeya hace 34 millones de años. Todo debe haber comenzado en
los bos¬ques de la costa occidental de África. Allí
habitaban dichos roedores, entre el follaje, en las ramas, o quizás
en oquedades de los troncos. Tormentas, crecidas de ríos, o convulsiones
geológicas desarraigaron gran cantidad de árboles que albergaban
a un buen número de esos animales, y luego fueron lanzados con
ellos al mar, cruzando el Océano Atlántico al impulso de
vientos y corrientes, hacia un destino que no podían imaginar.
No vinieron solos, ya que con ellos viajaron primates arcaicos, que darían
origen más tarde a los monos ceboides (esto es, los monos como
maquisapas, frailecicos, choros y huapos), otro pro¬ducto genuinamente
sudamericano. Tanto unos como otros sobrevivieron en alta mar alimentándose
de las hojas, la corteza, u otras partes de su improvisada embarcación,
y bebiendo el agua de lluvia o extrayéndola de la misma materia
vegetal. En estas condiciones le fue posible soportar el viaje de varios
días, hasta llegar a las costas orientales sudamericanas.
Estos diminutos “argonautas” arribaron a Sudamérica
en un momento muy favorable, ya que no encontraron competencia, y pronto
se expandieron por todo el continente, adquiriendo a la vez sus rasgos
definitivos como fruto de la evolución en el suelo adoptivo. Pero
una vez establecidos, los monos se mantuvieron hasta nuestros días
sin manifestar cambios notorios en su aspecto general; en cambio, la parentela
del cuy ha dado mucho que hablar.
LOS DINOMIDOS
Algunos de estos roedores se adaptaron nuevamente a vivir
a los árboles y desarrollaron una cubierta de púas de modo
que se convirtieron en puercoespines y coendúes. Otros se hicieron
habitantes de las peñas y roquedales, como pasa con las vizcachas.
Varios se volcaron a la vida en el agua, adquiriendo un aspecto que recuerda
al cerdo o a los hipopótamos; tales son los ronsocos. Unos cuantos
como las liebres patagónicas se convirtieron en grandes caminadores
o corredores, con patas largas y cuerpo esbelto. Quizás los mas
impresionantes de todos los caviomorfos han sido los dinómidos,
que tuvieron su auge entre 16 y 3 millones de años atrás;
algunos de estos animales, cuyos fósiles aparecen en los yacimientos
de Madre de Dios, Ucayali y Loreto, llegaron a alcanzar el tamaño
de un rinoceronte, pero no pudieron sobrevivir a los cambios ambientales
de fines del terciario y de ellos tan sólo ha quedado viva la modesta
pacarana de la selva alta, que no supera en talla a un perro cocker.
Hubo también unos pocos caviomorfos que mantuvieron el aspecto
primitivo y así han llegado hasta nuestros días. Son un
retrato muy cercano de lo que debieron ser los inmigrantes venidos del
África. Entre ellos se encuentran los cuyes, verdaderas reliquias
de tiempos lejanos y de un mundo desaparecido.
Se podría seguir hablando largo rato acerca del Cuy y las vicisitudes
de su raza a través de las eras geológicas. Pero el autor
lleva prisa: debe comprar pancas de choclo para alimentar al suyo.
El puercoespín de púas largas y cola corta, que vive en
los grandes bosques de coníferas de los Estados Unidos y el Canadá,
es un inmigrante que salio de Sudamérica durante la edad de hielo
y se afincó en territorio norteamericano, donde le fue tan bien
que hoy es parte de la fauna típica de esas regiones. En cambio,
se extinguió por completo en América del Sur.

Izquierda: Los "inmigrantes
africanos" recibidos por la fauna americana: un elefante, un ave
carnívora y un marsupial. Arriba: un dinómido del tamaño
de un rinoceronte.
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UN
PARIENTE EN NORTE AMERICA |
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| El puercoespín de púas
largas y cola corta, que vive en los grandes bosques de coníferas
de los Estados Unidos y el Canadá, es un inmigrante que salio
de Sudamérica durante la edad de hielo y se afincó
en territorio norteamericano, donde le fue tan bien que hoy es parte
de la fauna típica de esas regiones. En cambio, se extinguió
por completo en América del Sur.
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